Mi primer encuentro con un balón fue cuando yo tenía más o menos cinco años, el balonazo en la nariz vino a enseñarme -por medio de esa analogía de la vida- mi éxito en las canchas. Dos años después anoté mi primer gol... anotación que sólo yo lo celebré; porque sin darme cuenta lo metí en mi propia porteria.
La vida me fue enseñando que no hay mucha diferencia entre un pártido de futbol y lo cotidiano, antes bien, son dos nítidos reflejos en los que se reflejan no sólo los goles y los pénaltys de la existencia; sino tambien los
fueras de lugar que el azar y nuestras decisiones nos van colocando en la cancha de la vida.
... y es aquí donde estamos... jugando y tal vez para algunos sin saber qué posición es la que están jugando. Lo cierto es que aspiramos meter un gol para celebrarlo, no importa ser dios para meterlo con la mano.
Mientras los recuerdos llegan a mi segundo tiempo, veo en el espejo el reflejo de lo que soy a partir de ese balonazo... un novato con el tábique nasal desviado que mete gol en su propia porteria.